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En Plan Reflexivo
Por Armando Maya Castro Ana Frank, la judía alemana que, a sus 13 años de edad, dejara escritas sus experiencias en un diario personal, mientras se ocultaba con su familia en un pabellón situado detrás de un patio en una casa de Ámsterdam, murió -según se cree- un 11 de marzo de 1945, en el campo de concentración de Bergen-Belsen. La angustia e intranquilidad de esta niña y de su familia fueron experimentadas por muchas otras familias judías, que huían o se escondían en sitios así, con la esperanza de escapar de los nazis, quienes con Hitler a la cabeza asesinaron a más de 6 millones de judíos durante la segunda guerra mundial. Este suceso me da la oportunidad de escribir sobre el antisemitismo, “término que refiere al conjunto de sentimientos, prejuicios, ideologías y prácticas xenóbofas contra los judíos”. En el auténtico cristianismo, fundado por Jesucristo, y difundido por él y sus apóstoles en los siglos I y II de nuestra Era, nunca aparecieron sentimientos ni prácticas antijudías. En ninguno de los libros del Nuevo Testamento se encuentran expresiones que estimulen el rencor contra el pueblo judío, al que, por cierto, pertenecían Jesús de Nazareth y sus apóstoles.¿Cuál es entonces el origen de estos absurdos sentimientos? Según algunos autores, el antisemitismo comienza en el año 150 d. c., cuando Melito, obispo de Sardis, se dirige a los judíos en estos términos: “¿Israel, que has hecho? ¿No has leído las Escrituras? Tu sangre culpable es responsable de tu propia destrucción. Habéis matado realmente al Señor”. Melito se apoyaba en un texto de Mateo, donde los judíos, al referirse a la muerte del Señor, expresaron: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. La incorrecta interpretación de este texto dio origen a las persecuciones sangrientas en contra de los judíos, las cuales se prolongaron por más de 18 siglos. Durante las cruzadas -la primera de las cuales fue convocada por el papa Urbano II, en 1095- el sentimiento antijudío creció de tal forma que, al pasar los cruzados por los pueblos y ciudades donde vivían los judíos, descargaban contra ellos todo su furor, asesinándolos con lujo de crueldad. Simón Wiesenthal, el “cazanazis” austriaco de origen judío, en su obra, El Libro de la Memoria Judía, asevera: “Los judíos soportan lo que llamamos antisemitismo, desde hace más de dos mil años, desde que fueron echados o deportados del país que les pertenecía”. Wiesenthal, que logró sobrevivir al Holocausto nazi, asegura que “la persecución de los judíos fue siempre dirigida por los “cristianos”, primero por la Iglesia católica romana, luego por la Iglesia ortodoxa”. Sobre el término “deicida” (asesino de Dios), aplicado invariablemente a los judíos, Wiesenthal atribuye a Juan Crisóstomo -autor de ocho homilías contra los judíos- la invención de la noción de culpabilidad que responsabiliza a la nación judía de la muerte de Jesús. Los dos clérigos aquí mencionados, le restan importancia a las palabras del profeta Isaías, quien al referirse al sacrificio de Cristo, dijo: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido”. Dicho de otra manera, la muerte de Cristo fue ocasionada por pecado de todos los hombres, y no únicamente por el de los judíos, como sostuvo el catolicismo durante mucho tiempo. Es oportuno mencionar que, el 28 de octubre de 1965, el Concilio Vaticano II, a través de la declaración “Nostra Aetate”, resolvió que dejara de inculparse a los judíos por la muerte de Jesús, afirmando que “no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo…” En esta declaración conciliar la Iglesia católica afirma deplorar “los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”, palabras que su historia hasta entonces escrita echa por tierra. A pesar del contenido de este documento, y de que en el año 2000 el papa Juan Pablo II pidiera perdón por los pecados que la Iglesia católica cometió “en el pasado”, las expresiones de antisemitismo e intolerancia siguen presentes en diversas partes del mundo; unas por cuestiones de índo e religioso, y otras más por motivos políticos, pero, al fin de cuentas, todas ellas reprobables. Si en aquellos tiempos hubiera reinado el amor de Dios en el corazón de los hombres, ¡cuántas guerras y crímenes se hubieran podido evitar! Lamentablemente, la historia no se puede modificar, pero sí los sentimientos y acciones del presente. Si somos capaces de brindar amor a todos nuestros semejantes, como lo hizo Jesucristo, el Hijo de Dios, estoy seguro que lograríamos evitar muchos de los conflictos estériles que se libran actualmente en el mundo. ¿No cree usted? armayacastro@yahoo.com.mx |