|
Por Armando Maya Castro
El domingo 20 de noviembre, el Secretario de Gobernación (SEGOB), Carlos Abascal Carranza, hizo acto de presencia en el estadio Jalisco, en donde el Cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, celebró la misa en la que 13 “mártires” de la guerra cristera fueron beatificados.
El responsable de la política interior de México estuvo en la ceremonia, según dijo, como un ciudadano común y corriente; aunque llama la atención que los ciudadanos comunes que estuvieron ahí no traían a su alrededor un grupo de guardaespaldas pagados con dinero del erario público, como el que estuvo en el estadio Jalisco brindando seguridad a Carlos Abascal.
Ante las críticas de algunos medios de comunicación, el titular de la SEGOB explicó que los boletos de avión fueron pagados por él mismo, por lo que, según su argumentación, en ningún momento violó el artículo 25 de la “Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público”, que establece: “Las autoridades antes mencionadas no podrán asistir con carácter oficial a ningún acto religioso de culto público, ni a actividad que tenga motivos o propósitos similares”.
Sin embargo, ningún argumento convincente pudo esgrimir sobre las escoltas de seguridad que lo custodiaban, cuyos salarios paga el pueblo a través de sus contribuciones.
La fe de Abascal está resultando demasiado costosa para el país, no sólo por lo que tiene que ver con el aspecto económico, sino porque al actuar como funcionario de un Estado confesional atenta contra el Estado laico y abre heridas añejas que pueden ocasionar conflictos innecesarios.
En mi opinión, Carlos Abascal pretende realizar lo que Salvador Abascal Infante deseaba siendo dirigente del sinarquismo -movimiento católico surgido en León, Guanajuato, en mayo de 1937. Por favor, amable lector, ponga usted atención a las palabras que este sinarquista, padre de Carlos Abascal, escribiera en su libro “Mis recuerdos”: “La esencia de mi política era arrojar al pueblo en brazos de la Iglesia. El ser de México es el catolicismo. Luego era necesario que el pueblo volviera a vivir profundamente su religión, en lo que de él dependía por entonces y caerían por sí solas, como las fuertes murallas de la inexpugnable Jericó ante los inermes israelitas, las barreras que impedían que Cristo y María reinaran de nuevo en los palacios de Gobierno, en las leyes y en las escuelas oficiales» (“Mis recuerdos, sinarquismo y María Auxiliadora”, Tradición, México, 1980).
La intención del padre de Carlos Abascal era clara, pues cuando hablaba de Cristo y de María se estaba refiriendo a la Iglesia católica, cuya religión quería que reinara, como en el virreinato, en los palacios de Gobierno, en las leyes y en las escuelas oficiales. ¿No desea acaso lo mismo su hijo?
Carlos Martínez Assad refiere que el niño Salvador Abascal, quien procedía de una familia pudiente que en 1915 quedó en la pobreza absoluta a causa de la anarquía imperante en el periodo revolucionario, «odió la Revolución y a los revolucionarios, porque trastocaban el orden social y la tranquilidad familiar» (“A Dios lo que es de Dios”, Aguilar, México, 1994).
Es probable que Abascal Infante les haya inculcado a sus hijos no sólo la devoción religiosa, sino el odio que provocó en él la Revolución y quienes participaron en ella. Sólo así se entiende que en una fecha como el 20 de noviembre, que celebra el aniversario de la Revolución y a las figuras que realizaron importantes aportes a la nación, el panista haya asistido a la beatificación de los cristeros y haya hecho, además, estas declaraciones: «Hay que comprender que nuestra historia fue como fue y hay que amarla como fue. Hay que proponernos jamás cometer los errores del pasado y siempre trabajar mejor para construir una nación democrática».
Es obvio que cuando Abascal habla de errores del pasado no se refiere a los de la Iglesia católica contra el Estado, sino a los que supuestamente éste cometió contra aquélla. Y es que muchos clérigos pensaran que es el Estado quien debe pedir perdón a la Iglesia por los atropellos que ésta ha sufrido de parte de aquél. Sólo así se entiende que la Iglesia católica en México no haya imitado la estrategia de Juan Pablo II, quien, durante el Jubileo del año 2000, pidió perdón a la humanidad por los errores que la Iglesia cometió en el pasado.
La Iglesia católica en México no ha querido aceptar que equivocó su postura durante las guerras de independencia y de Reforma, así como durante la Revolución Mexicana. Tampoco admite haber actuado mal en la guerra cristera, misma que dejó un saldo de 70 mil muertos; de ahí que los cristeros que organizaban y dirigían a quienes violaban el mandamiento divino “no matarás” en nombre de un ideal aparentemente noble, estén siendo elevados a un sitio honroso, quitándolos del verdadero lugar que tienen en la historia de nuestro país.
armayacastro@yahoo.com.mx
|